luna
 

¿Por qué es tan hermoso el oficio de cartero?

HABÍA una vez una nena. Y había una vez un viaje que hizo el papá e esa nena, a un país que queda muy lejos de la República Argentina y en donde tuvo que permanecer durante varios años. Por suerte, a esos dos “había una vez” podemos agregarle otro más, porque también había un cartero que se llamaba don Paco. Y ya que estamos en el libro de los por qué.

Es, te aclaro que dije “por suerte” no sólo porque necesito un cartero para narrarte esta historia sino también porque fue debido a él que la nena descubrió ese oficio es tan hermoso…y te cuento por qué:

Antes de que el papá se fuera de viaje a su casa solían llegar muchas cartas cada semana, pero don Paco era entonces – para ella- apenas una mano huesuda extendida hacia la tersa de su mamá que –habitualmente- recibía los sobres. Hasta  que un día no más papá, tragado por la ausencia de varios años y el cartero que se convierte en un mago  porque para la nena era arte de pura magia la transformación que se operaba en la mirada de su madre tras escuchar el llamado del cartero. ¿Cómo explicarse –si no- las lucecitas que le estrellaban los ojos mientras se apresuraba a recibir la correspondencia? Y qué mejillas con lentejuelas transparentes cuando encontraba – entre las cartas- una de papá… (Claro que no las encontraba tan a menudo como deseaba… El  padre era de los que dan cien vueltas antes de sentarse a escribir…)

Día sin arribo de cartero, mirada apagada…

Día con cartero, mirada encendida…

Entonces, en su razonamiento infantil la nena asoció “llegada del cartero” con “alegría de mamá”. . .y se puso a recortar cuantos cupones aparecían en revistas y diarios y a enviarlos. Solicitaba informes sobre cursos de esmaltado…plomería…quiromancia…criado de chinchillas…televisión…cultivos de árboles enanos… La cuestión era que el cartero llegara a su casa…

Nadie puede imaginar cuántas veces apareció, al reservado divino botón! (Ah… las cosas que se le ocurren a una niña que tiene “papá por correspondencia”…).

Pero –de tanto en tanto- albricias!, carta del padre y casa de fiesta. ¿Cómo no suponer – entonces- que ese cartero era un mago? Ese cartero…personaje de cabeza gris y frente tan arrugada, que le aseguraba que en vez de ponerse el sombrero que formaba parte de su uniforme debía de enroscárselo como si fuera la tapa de un frasco…

Ah, los chistes de don Paco acerca de si mismo… Siempre inventaba uno nuevo con el que arrancar sonrisas en la carita de la nena.

– Soy un hombre tan, pero tan original… que mi hobby es coleccionar estampillas…- le dijo una mañana-. Y las que les manda tu papá son todas extranjeras. ¿No me darían algunas?

A partir de ese momento los sobres enviados por el padre se guardaban con ventanitas, nena con tijera mediante. Y qué hermoso era poder hacerse esos diminutos y coloridos regalitos a quien tanta felicidad arrastraba a su casa!

“Mi mago” debe de haber completado dos o tres álbumes…, piensa ahora aquella nena, cuando recuerda los siete años de correspondencia paterna y las pilas de estampillas que fueron a parar al bolsillo de su primer cartero…

Aquella nena es hoy una mujer y – hace algún tiempo- viajó al exterior y le mandó una carta a don Paco, el esperado mensajero de su  niñez. Se la mandó desde ese mismo país que queda muy lejos de la República Argentina y del que su padre les escribía cuando tuvo que permanecer allá durante varios años.

Aunque ya jubilado, don Paco volvió a llamar a la puerta de la casa de la ex nena pero – esta vez- para mostrar una carta que le pertenecía únicamente a él.

– Una carta para el cartero…– le dijo a la madre-. ¿Se da cuenta, señora, de que soy un hombre sumamente original? Su hija me ha enviado… una carta…

Una carta para el cartero… contándole que lo recordaba en el mismo llegaba a su casa… diciéndole que no olvidaba que había inundado de alegría las horas de sus años breves y que – desde entonces- ama a los carteros…

(¿Y sabes una cosa? A don Paco nunca nadie le había escrito una carta…)

Cartero… hermoso oficio…

Si; ella entiende – como todos- que también traen con contenidos que a ninguno le causan gracias (uf, con las facturas para [pagar… aj, con las “cadenas de la amistad” que amenazan con cualquier clase de calamidades si uno los quiebra… ay, con las noticias tristes…), pero a la nena que le fue le sigue pareciendo case un milagro que esos pequeños cuadrado o rectángulos –leves valijas- crucen las calles, los cielos, y lleguen a su vida con el mensaje de que – aquí o allá- alguien piensa en ella… (¿Y lo sabría si no existieran estos serviciales caminadores? Hermoso oficio, eh?)

Cartas…frágiles pajaritos de papel que se posan en nuestras casas que picotearnos la ternura; que vuelan hacia las casas de los demás con el mismo fin…

Cartas y carteros…

Cartas y carteros…

Cartas para una nena, con la querida letra de un padre que se halla lejos…

Cartas para una madre, escritas por un hijo viajero…

Cartas para una vieja maestra, para un soldado que añora su pueblo, para  un abuelo extranjero, para un enfermo aislado en su dolencia…

Cartas porque se… entre los compañeros… entre los amigos…entre los novios…

Cartas entre todos aquellos que se encuentran fugaz o largamente separados…

Y por si algo faltara decir para explicar por qué es un oficio tan hermoso, diría:

Puentes entre las Navidades de los hombres cuando en el aire de diciembre empieza a sentirse olorcito a turrón y a ramas de pino,  ahí andan ellos – los carteros-, miles de anónimos Papás Noeles de todas las razas – con sus bolsas tanto o mas repletas que las de soñado Santa Claus- repartiendo bellos mensajes de paz que unen todos los hogares de la Tierra.

(Y no me preguntes ahora por qué no son preferibles los teléfonos, porque esa es otra historia…)

Elsa Isabel Bornemann – ¿POR QUE EL MAR ES SALADO? Colección Tobogán – Ediciones ORION (1984)

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