luna
 

¿Por qué la sabiduría juega a la escondida?

Cuentan que esto ocurrió pero no se sabe cuándo. Y, como todo lo ocurrido sin fecha precisa, fue seguramente hace muchísimo tiempo; antes de los viajes espaciales, antes del descubrimiento de América, antes de, antes de. . .

Dicen que fue en Taubilandia, dato posible pero no sé si probable; por mi parte no encontré mapa alguno, todavía, que registre dicho lugar.

Vivía allí un hombre que, además de ser jefe de una numerosa e importante tribu, tenía costumbres muy especiales y nada comunes para los habitantes de Taubilandia. Era silencioso y tranquilo; observador y paciente. Se pasaba horas y horas meditando y emprendía largas caminatas investigando todo lo que había y acontecía alrededor de él.

Nadie conocía como él los territorios de sus dominios y los de sus vecinos. No había árbol, planta o yuyo, ni animal de dos, cuatro o más patas que tuviera secretos para él.

Sabía del sol, la luna y las estrellas; de los truenos y las lluvias; de los ríos y los mares.

Sabía de los seres que habitan la tierra, el agua y el aire. Y, como si todo esto fuera poco, conocía a los humanos por dentro y por fuera, razón por la que podía curar las dolencias del cuerpo y las turbaciones del alma.

Todo, todo lo sabía el hombre de esta historia, porque así como hay personas que coleccionan caracoles, cajitas o estampillas, él pasó su vida juntando conocimientos hasta que fue el dueño de toda la sabiduría del mundo.

Ananzi era su nombre y todos le llamaban padre Ananzi.

Como es de imaginar, pocas dificultades habían allí en Taubilandia. Cuando alguien deseaba saber sobre algún tema o tenía una duda, consultaba al padre Ananzi y asunto arreglado. Y, si un tabilandés tenía problemas, Ananzi los resolvía por complicados que fueran.

Pero. . .siempre hay un pero, ocurrió lo que ni siquiera un sabio como Ananzi había previsto.

La gente empezó a cambiar en Taubilandia.

Al principio, todo marchaba bien, pero a medida que pasaba el tiempo y en tanto más aprendían, más cambiaban. Y la situación se fue agravando día a día. No sólo aprendía para su propio beneficio, sino que empezaron a usar esos conocimientos para hacer toda clase de pillerías. Y es así como se aprovechaban de los que sabían menos, engañaban a los desprevenidos y se burlaban de los ignorantes. Y, cuanto más sabían, más dificultades causaban.

Empezaron las discusiones por la más mínima cuestión y a las discusiones siguieron las peleas, que se hicieron cada vez más violentas.

Y ya no hubo tranquilidad en Taubilandia.

Hasta que un día, sabio y todo, Ananzi estalló y dijo:

-¡Esto se acabó, se acabó, se a-ca-bó!

Y, enojadísimo, tomó una terrible decisión:

-Recogeré todos los consejos y conocimientos que he repartido, y ya que no saben usarlos, los guardaré donde nadie los pueda encontrar.

Claro que era muy difícil reunir tanto saber, tal cantidad de conocimientos. Sin embargo, se dedicó tan afanosamente a la tarea que logró hacerlo. Guardó toda la sabiduría en un cacharro de barro, le puso un tapón bien seguro y se dedicó a pensar en cuál debía esconderlo para que nadie lo encontrara.

Toda la noche pensó.

Tenía que ser un lugar escondido, de difícil acceso, y lo más importante de todo, nadie debía verlo cuando se dirigiera allí. Así, y a pesar de todas las precauciones que tomó, alguien observaba a Ananzi. . .Sí señor, Kweku, su hijo más pequeño, lo había estado espiando todo el tiempo, siguiéndolo paso a paso y observando lo que hacía.

“¿Qué hará mi padre que anda tan misterioso? ¿Qué buscará?”, se preguntaba Kweku.

Y decidió seguirlo.

Mucho antes del amanecer salió Ananzi de su casa, protegido por la oscuridad, para que nadie lo viera. Ya sabía adónde llevar el cacharro para esconderlo.

Toda Taubilandia dormía.

Casi toda. . .

Ananzi se internó en la selva, y tras él, a poca distancia, sigiloso como un felino, su pequeño hijo.

Anduvo largo rato hasta llegar a un lugar tan enmarañado como escondido; parecía que ningún hombre hubiera puesto sus pies allí jamás.

Se detuvo frente a una palmera altísima, tanto, que no se veía dónde terminaba.

“¡Debe de llegar hasta el cielo!”, pensó Kweku al mirarla. Y entonces vio que su padre ataba el cacharro con unas fibras vegetales muy resistentes y lo colgaba de su cuello, sobre el pecho.

Era ya el amanecer y apenas si algún rayo de sol lograba filtrarse entre la tupida vegetación, iluminando muy débilmente el lugar. Ananzi empezó a trepar por la palmera con la intención de dejar colgado el cacharro en su parte más alta, donde ninguna mirada pudiera encontrarla nunca jamás.

Subía y subía, y la palmera parecía no tener fin.

¿Qué pasaba que cada vez se le hacía más dificultoso trepar?

¿Se estaría poniendo viejo? Y ese cacharro moviéndose de aquí para allá sobre su pecho que le molestaba una barbaridad. . .

De pronto escuchó, muy lejana, la vocecita de su hijo que desde allá abajo le gritaba:

-¡Eh! ¡Padre! ¡Paaaadree! ¿por qué no te cuelgas el cacharro sobre la espalda? ¡Sobre la espalda! ¡Así será más fáaaaciiil!

Padre Ananzi  miró habia abajo y fue tal su sorpresa que no supo qué contestar. Después echó a reír mientras pensaba: “Yo creí haber guardado toda la sabiduría en este cacharro y resulta que ahora mi hijo más pequeño me da una lección. ¿Cómo pude ser tan torpe?”

Entonces tomó el cacharro y lo arrojó con todas sus fuerzas lo más lejos que pudo. Al caer, el cacharro se rompió y la sabiduría se desparramó por todas partes; salpicó las flores, las hojas, los pájaros. Impregnó la tierra y saltó por el aire; coló con el viento hasta las nubes, llegó hasta los astros, corrió por desiertos, montañas y llanos y no hubo un solo rinconcito del mundo ni del Universo donde ella no se escondiera.

¿Será por eso que cuesta tanto encontrarla?

Seguramente. ¡Y es tan arisca!. . .

Por eso hay que recorrer tantos caminos para ser sabio.

Adaptación de una leyenda africana – Neli Garrido de Rodriguez – ¿POR QUE EL MAR ES SALADO? Colección Tobogán – Ediciones ORION (1984)

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