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¿Por qué los Ángeles de la Guarda no se ven?

Había una vez, muchísimas cosas: caramelos, zapatillas, helados, el mar, chupetines, macetas con plantas, alfajores, sillas, flan con crema. En fin, siempre hay muchísimas cosas. Pero esa vez había un Ángel de la Guarda. Oscurito como la pomada para zapatos marrones, las motas igualitas a signos de interrogación, regordete, las manos gordezuelas, nariz de poroto. Los bigotes de chocolate, cuando lo saboreaba, no se le notaban porque su piel era del color del chocolatín.

Como fue el único retozón y trotamundos en toda la historia de los Ángeles de la Guarda, andaba por los aires sin mucho donaire, pues la camisola y las alas pequeñitas que, cuando se las entregaron habían sido de blancura inmaculada, poco después ya estaban terrosas y con pegotes de melaza. De sus uñas mejor ni hablar, lo mismo que de las orejas en las que hubieran podido crecer helechos de tanta tierra como contenían. El pelo con abrojos, las rodillas con lastimaduras frescas y costritas viejas, los pies embarrados. Como puede apreciarse, un querubín bastante singular, más parecido a un duende travieso de esos que todo lo ponen patas para arriba, que a un ángel custodio sabio y formal como se debe ser.

Bimbo, que así se llamaba, debía cumplir sus funciones en el Congo, en un rinconcito de la selva africana donde funcionaba una tribu de gente pacífica con su chiquilinada bochinchera, sobrevolando a un negrito de ocho años a quien Bimbo tenía que cuidar no sólo de malas intenciones, sino, además, de las fieras y alimañazas que eran lo que por allí sobraban.

La tribu estaba tan poblada, que los Ángeles de la Guarda chocaban entre ellos, cada cual por detrás o por encima de su africanito barullero a quien tenían que transmitirle buenos consejos y evitar que se metieran en peligrosas aventuras: en ese sitio se echaban de menos los semáforos.

A la noche, cuando por fin todos los negritos se dormían, los pobres ángeles custodios caían rendidos, suspirando de contentura. Plegaban las alas, rezaban sus oraciones y se entregaban al sueño reparador. Durante todo el día habían corrido, colado detrás de sus pupilos, esforzándose para que se portaran como la gente y tanto trabajo los dejaba molidos.

Bimbo, en cambio, se distraía a menudo, prendiéndose de las lianas para pasar de un árbol al otro como el Tarzán de la televisión, trepando por el cuello de una jirafa, cabalgando un elefante, jugando con cachorros de león. . .

Los puntos suspensivos quieren decir que cometía más travesuras todavía. Por tales motivos el africanito quedaba a merced de malos pensamientos y deseos como el de zambullirse en un lago atestado de cocodrilos, destruir nidos, molestar a los pachorrientos y buenazos cascarudos obligándolos a arrastrar pesadas cargas, desobedecer a la mamá, en pocas palabras, portarse como la mona.

En descargo de tan original querbín, se dirá que en la selva había tantas atracciones que es fácil comprenderlo, sobre todo si se tiene en cuenta que ese era su primer trabajo como ángel defensor. Al alcance de su mirada revoloteaban mariposas pintarrajeadas, diminutos pajaritos tornasolados de alas estremecidas; un arroyo de aguas cristalinas con piedras en el fondo que brillaban como diamantes y, en la superficie, enormes nenúfares de bailarinas de un ballet de ensueño. Lagartijas mimetizadas en las piedras musgosas; monos volatineros y morisqueteros, los payasos de la selva; de repente la estampida de elefantes que, en manada, salían disparados, no se sabía por qué ni a dónde; frutos dulzones de árboles achaparrados, que teñían la boca de violeta y más puntos suspensivos.

Al anochecer, el bosque se poblaba de rumores: el canto lejano y demorado de un ave solitaria, el entrechocar de las ramas que la brisa mecía suavemente; el piar de pichones que no querían irse a la cama y la mamá pájara tenía que arrullarlos para que se durmieran. Crujir de hojas resecas que producían las hormigas en sus desfiles, con las tambaleantes bolsas del mercado hormigueril. Rumores misteriosos como si por allí transitaran gnomos que salieran de debajo de hongos moteados; el abrirse de las flores nocturnas. La hora en que las luciérnagas encendían sus linternitas minúsculas decorando el contorno con lucecitas verdosas y fosforescentes. Y arriba, como una condecoración en el pecho del cielo, la luna de cara enharinada navegando entre nubes que se asemejaban a un rebaño de corderitos, y de estrellitas picudas que guiñaban sus ojos de plata.

Siendo así las cosas no es de extrañar que Bimbo, nuevo en esas lides de vigilar a un chico enredador, descuidara su obligación. Muchas veces los otros Ángeles de la Guarda tenían que acudir en auxilio del negrito a cargo del flamante guardián. Después lo retaban, él se ponía colorado; agachaba la cabeza y prometía estar atento. Pero qué va. No podía con el genio. Por un día vigilaba y le transmitía las advertencias del buen comportamiento al africanito pero al siguiente ya estaba de nuevo correteando por su lado, inspeccionando cada rincón de la selva, embelesado, acariciando orquídeas de pétalos de terciopelo, colocando en su nido un pichón caído, recogiendo semillas de plantas a las que tostaba en un fueguito encendido por él y que luego machacaba y mezclaba con zumo de madreselvas, fabricando un delicioso brebaje.

No recordaba a dónde había dejado el libro de las instrucciones El buen Ángel de la Guarda, olvidado por completo de que se hallaba en el hueco carcomido de un viejísimo baobab.

Al no repasar las lecciones, consejos ni tengo ni vendo. Con frecuencia se asociaba con quien tenía que aconsejar para bien, y juntos montaban un rinoceronte malhumorado que se sacudía, se los sacaba de encima con un impetuoso corcovo y ¡patapúfete! Los dos al suelo de cabeza. Claro está, el negrito no sabía que tenía un “socio” porque los Ángeles de la Guarda no se ven. Creía que cometía sólo las fechorías cuyo castigo estaba a cargo de la mamá que lo mandaba en penitencia a la choza, una choza hecha con estacas recubiertas de paja, en forma de pirámide pero que, como no tenía puerta. . .

Los puntos suspensivos significan que al no tener puerta la cabañita, el castigado se escapaba. Y con él, Bimbo, que no le transmitía que no debía escaparse, por lo contrario, salía volando detrás del prófugo.

Jamás un ángel guardián les dio tantos dolores de cabeza a los Santos del Cielo. San Cristóbal se rascaba la coronilla, San Mateo se atusaba las barbas, San Jerónimo enfocaba con sus prismáticos la figura de Bimbo, Santa Catalina suspiraba, no pensaba más que en bañarlo con mucho jabón, embutirlo en una camisola limpia y planchadita, peinarle las alas, curarle los rasguños.

Los Santos, entonces, llamaron a reunión extraordinaria para resolver qué hacer con Bimbo. Tardaron en ponerse de acuerdo pero finalmente se votó por unanimidad: se le pondría al querubín inexperto y travieso un ángel custodio para que le enseñara a realizar bien su labor. ¡Un Ángel de la Guarda a otro Ángel de la Guarda!

Como todos estaban ocupados, nombraron para el cargo a un Protector jubilado, un verdadero sabio que había formado muchísimas generaciones de chicos que le salieron buenos, estudiosos, bien educados.

Y allá bajó de nuevo a la Tierra el anciano Serafín de pelo y largas barbas blancas, muy arropado, pues era friolento y las alas ya no lo abrigaban porque de tan viejitas le habían quedado nada más que canutos.

¡Pobre anciano ángel! Poco tiempo después de fatigarse detrás de su alumno las canas se le volvieron verdes. No conseguía ponerse a la par del angelito-niño, pues andaba algo reumático, le era imposible pasar de un árbol al otro tomado de las lianas, más imposible aún montar elefantes, tirarse del trampolín de una rama al arroyo correntoso. Bimbo le llevaba siempre ventaja a considerable distancia.

Ah, pero los sabios no en vano lo son y no se impacientan así como así. Una tarde en que Bimbo se hallaba largo a largo en el suelo después de una estrepitosa caída frotándose un chichón, el erudito aprovechó el momento para conversar con él. El discípulo lo escuchaba con mucho interés, las palabras del anciano ángel le iban refrescando la memoria, le recordaban las instrucciones del libro El buen Ángel de la Guarda.

Después de aquella conversación Bimbo sentó cabeza. Y, cuando todo estuvo en orden, el anciano ángel retornó al Cielo, sentóse en su mecedora con un grueso libro de ciencias entre manos y gozó por miles de años más de un merecido descanso.

Fueron cayendo una tras otra las hojas de los almanaques, crecieron Bimbo y el africanito en altura y anchura y también en juicio. Ambos tuvieron largas charlas, no del habla sino de mente a mente. Dejaron de cometer travesuras como es lógico entre gente grande, se volvieron formales y colorín colorado.

Y ahora tengo que contestar la pregunta del título de este cuento. Porque se trata de un cuento, y de fantasía. ¿Cómo explicarlo? Veamos: Así como no existen los fantasmas, esos espantajos de miedo a quienes muestran arrastrando cadenas y haciendo ¡buuu! Para asustar a la gente; así como no existen las brujas que jinetean escobas, ni centauros, sirenas y tantos otros seres de la mitología, así tampoco existen los Ángeles de la Guarda tal como los pinta la imaginación de un dibujante. Lo que se quiere significar dándoles forma humana es que ellos son nuestro otro yo, el que nos indica la diferencia entre el bien y el mal. Resumiendo: los Ángeles de la Guarda no se ven porque son un símbolo: el símbolo de nuestras conciencias.

María Elena Togno – ¿POR QUE EL MAR ES SALADO? Colección Tobogán – Ediciones ORION (1984)

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