luna
 

¿Por qué los payasos son tristes?

MAMA: POR QUE LOS PAYASOS SON TRISTES?

ESTA leyendo un libro. Mira con atención las figuras  que lo ilustran, después levanta hacia mí sus ojos llenos de pestañas y pregunta:

– Ma… ¿por qué dicen que los payasos son tristes?

Su dedo pequeño indica una lágrima enorme brillando sobre un rostro muy blanco, de boca muy roja, con una ceja muy negra.

La respuesta puede ser convencional; la habitual, la conocida en estos casos o, como dicen los chicos, “la fácil”: “Porque está enamorado de la hermosa écuyere quien, a su vez, ama al indiferente y esbelto domador que…”.

Tengo clavada la oscura e inteligente profundidad de su  mirada, aquella que sabe que le diré una verdad de verdad. Esa que conozco por haber estado mucho bajo el frío o el calor de una carpa de circo y que ella me exige sin saberlo desde la honda fe de su inocencia hasta el respeto que me merece. Por eso mi respuesta es una historia –una más- de los muchos payasos que conocí y que se sienten parecidos entre sí.

Ellos no son tristes especialmente, le respondo; por el contrario son alegres, ya que a diferencia de otros hombres hacen lo que eligieron, lo que les gusta: ser artistas, y lograr que rían los chicos. Y ni te cuento cómo los grandes ponen ojos de niño y se les enciende la cara con un  montón de infancia cuando los ven haciendo esos disparates llenos de sabiduría! Los payasos son hombres como todos: tienen familia, una familia preciosa porque crece como ramillete de glicinas; unidos en el mundo común de trajes con lentejuelas, de potes alegres con maquillaje, de distancias recorridas como el más poderoso ricacho.

Claro que hay un momento en que son tristes, muy tristes los payasos, todos los payasos: cuando dejan de serlo. Yo los vi, te juro que los vi. Y fueron muchos, con un dolor de lejanía, con un llanto seco en la mirada gastada. Te hablo de uno? Uno, en su nombre común: se llamaba Olegario. Tenía la cara redonda y los ojos azules. Desde chiquita yo lo miraba en su camarín y el negro y se ponía alguno de sus trajes, tan bonitos, verdes, amarillos, azules, llenos de brillos, con grandes flores, mariposas o qué sé yo recortados en mostacillas.

Y en el ritual de pintarse esa cara cómica qué dichoso esa Olegario! Es que dejaba de ser ese hombre anónimo para transformarse en el payaso “Trompito”, y sus zapatones sin fin.

Pasó mucho tiempo – toda una vida- en esa ceremonia, escuchando la música de la banda  que lo llamaba; de pintarse y despintarse, de salir a la pista y hacer reír, con poco o mucho público, con algún dolor físico o moral y juntar plata hasta comprar su propio circo, chiquito, lindo, que andaba saltando por el campo argentino como un pajarito alegre, alegre como sus ojos azules.

Claro, los años pasan para todos. Y Olegario – “Trompito”- ya no pudo ir acompañando a su pájaro volador. Quedó quieto en una casita alejada a la que llenó de flores. En el fondo apiló sillas, lonas, aparatos y guardó su circo entre baúles grandes, antiguos, que habían recorrido muchas leguas, casi como las del Gato con Botas. Dentro de ellos dormía su ropa, rociada de aplausos y luces.

Un día fui a visitarlo. Caí por sorpresa. El estaba rodeado de recuerdos, de programas, de fotografías. Sobre la mesa de la cocina, tendido, como reposando de un pasado inquieto, uno de sus trajes de payaso. Brillante y gastado su raso, con muchas lentejuelas, con un gran pavo real luciendo su cola abierta en un abanico de canutillos multicolor sobre el pecho, semejando una enorme condecoración de la alegría.

Olegario se movía con lentitud, dificultado su andar, las piernas agobiadas por la artrosis. Al lado del traje estaba el costurero con hilo, agujas, tijeras y una ancha y larga tira de lamé  dorado. La vestimenta de clown tenía en la espalda la honda herida de una abertura. Mi pregunta estuvo primero en los ojos, después se hizo palabra.

Entonces Olegario me respondió y encontré en él toda la infancia a la que había alegrado y que se había metido de rondón en su alma de hombre puro.

– Es que… me queda chico. Y debo esta prevenido, a lo mejor algún día puedo volver, aunque sea para animar alguna fiesta infantil…

Las pupilas azules brillaban en una mezcla de esperanza y lágrimas.

Le tomé las manos conmovidas. En silencio me pedía que no le dijera que eso no podría ser. Es tan lindo tener una ilusión! Al fin, ya vencido, ya con lágrima auténtica que no caía sobre una cara pintada sino por el largo cominito de sus arrugas, agrego:

-Una noche, una sola! Todo lo que me reste de la vida por una sola noche de circo…!

Ahora sabés, Maridol, que los payasos no son tristes. Se entristecen cuando dejan de llamarse “Trompito”, para ser simplemente “Olegario”.

Lily Franco – ¿POR QUE EL MAR ES SALADO? Colección Tobogán – Ediciones ORION (1984)

Imprimir este Cuento

Cuento Infantil relacionado con: , , , , , , ,



Deja un comentario

Tu email nunca será publicado o compartido.Campos obligatorios están marcados con*

Tu comentario:

Connect with Facebook