luna
 

¿Por qué los perros responden a un silbido?

La vida existe alrededor de nosotros y a veces no nos preguntamos el por qué de las cosas y nos parece muy natural que las mariposas vuelen, que las nubes parezcan de algodón o que lloremos lágrimas.

Hay personas que se quedan noches enteras a la luz de una vela pensando y pensando en por qué los pétalos de las rosas parecen de terciopelo, o en por qué los gatos maúllan y las gallinas cacarean y no es al revés. Estas personas pensantes se llaman filósofos y casi siempre tienen barba, pero no blanca, sino negra y crespa.

¿Se imaginan un filósofo con una barba blanca? Yo, francamente no.

Pues bien, se hallaba sentado en su galería de vidrio uno de estos hombres cuyo oficio era estar meditando siempre, cuando de pronto se puso a pensar en por qué los perros venían cuando uno les silbaba.

Se levantó, salió al patio y se puso a silbar. De inmediato Black, un perro negro y rabioso que estaba en el fondo persiguiendo a unas gallinas, vino corriendo con la lengua afuera y miró al filósofo a los ojos, como diciéndole que por qué lo llamaba. A su lado había un gato que indiferente estaba echado en el suelo con los ojos semicerrados mirando una planta: era una Corona del Inca.

El filósofo siguió silbando y el perro (Black) se puso a ladrar y a mover la cola, en cambio al gato no se le movió ni un pelo. Para qué decir del caracol que estaba caminando sobre la hoja colorada de la planta que estaba mirando el gato. Ni se inmutó con el silbido y las moscas continuaban igual jugando a la mancha. Sólo el perro saltaba y saltaba.

Para no desesperarlo más, el filósofo (que se llamaba Adriano), entró a buscar un pan de esos largos y se lo tiró lejos a Black, como si fuera un búmeran. Acto seguido entró y se puso a reflexionar en su mecedora favorita.

-¿Por qué los perros responden a un silbido? Como hacía tanto calor tenía abierta la ventana y habían entrado unas abejas que estaban molestándolo. Pero como el filósofo era prevenido (casi todos los filósofos son muy prevenidos), se había hecho un abanico de helechos y hojas de nalca y con ese ramo estaba espantando a las abejas y hasta a un tábano que quería salir y se golpeaba contra el vidrio.

-¿Por qué los tábanos silban?

-¿Por qué uno silba y vienen los perros?

-¿Por qué los perros silban y vienen los tábanos?

En eso estaba cuando vio un paisaje muy bonito a través de la ventana, pero era muy diferente del que diariamente veía mientras se ponía a cavilar. Era un paisaje con nubes, pero las nubes eran de mariposas blancas y otras eran de abejas y también nubes de tábanos que son las nubes de la tempestad.

Entonces se dio cuenta de que estaba viendo un paisaje muy raro, tal vez el jardín de una casa situada en un país lejano, donde las gallinas usan rizos en vez de plumas, donde la Corona del Inca florece en azul y donde a los matapiojos se les llama libélulas.

Era un país sin lugar a dudas muy bonito. Pues bien, allí había una montaña nevada y en la montaña un pastor y, alrededor del pastor, ovejas. Unas ovejas muy blancas que parecían de algodón, bueno, en realidad “eran” de algodón. Y este pastor las llevaba por la montaña y se hacía acompañar por dos perros, uno negro y otro blanco. El negro se llamaba Black y el blanco White. Eran dos perros pastores alemanes, es decir, ovejeros alemanes porque cuidaban ovejas que lógicamente eran ovejas alemanas.

Pero uno de los perros, White, o sea, el blanco, era mudo, o sea, no hablaba, perdón, no ladraba. Black, por el contrario, ladraba por los dos y correteaba por la montaña, jugueteando con las ovejas y yendo a buscar a la que siempre se quedaba atrás y se llamaba Rezagada.

Un día el pastor se sentó en una piedra y sacó una flauta. Pero no era una flauta de estas de ahora que son de madera y se llaman quenas.

Esta era una flauta fina: era una flauta de oro. Los perros y las ovejas se echaban debajo de los árboles y se ponían a escuchar arrobados la melodía del pastor que era muy bonita.

Al cabo del concierto seguían la marcha, más alegres que antes. Pero un día al pastor, que siempre jugaba con los perros tirándoles palos bien lejos para que los fueran a buscar, se le ocurrió tirarles la flauta como quien les tira uno de esos panes largos.

Efectivamente, llamó a los perros:

-¡Black! ¡White!

Los perros vinieron, olieron la flauta y el pastor la arrojó lejos, detrás de una zarzamora, mucho más allá de un riachuelo, y los perros salieron corriendo. Pasó mucho rato y al cabo de un tiempo volvió Black, jadeando y sin la flauta. Pasó otro rato y el pastor empezó a intranquilizarse. Hasta que de repente vio venir a White, pero comprobó que también venía sin la flauta.

El pastor, desesperado, fue a ver detrás de la zarzamora. Se mojó los pantalones al cruzar el riachuelo y se puso a buscar su flauta en unas matas. Black, a su lado, olía también entre la hierba, pero White los miraba de lejos, como sonriéndose.

¿Qué había pasado?

White había encontrado la flauta, la había tomado entre sus dientes pero, al correr de vuelta, se había tropezado y se había tragado la flauta de oro.

-¡White! ¡La flauta, la flauta! –decía el pastor.

Pero el perro, que era mudo, no ladraba. Se limitaba a sonreírse apoyado sobre sus patas traseras y meneando la cola.

Entonces fue cuando el pastor le dio unos golpecitos al perro, como de cariño, y White, por primera vez en su vida, exclamó:

-Fuiiiiiiit.

¡Era un silbido!

Las ovejas pararon sus orejas, y Black se puso a ladrar asustado. Pero White, feliz porque sabía hablar, perdón, ladrar, perdón, silbar, seguía exclamando:

-Fuiiiiiit. . .Suiiiiit. . . –Parecía un verdadero canario.

Desesperado, el pastor abrió la boca de White e  introdujo sus dedos hasta el fondo, queriéndole extraer la flauta. Pero el perro no se dejó. Lejos de asfixiarse, la flauta se había acomodado perfectamente en el esófago del perro y era como un verdadero injerto en sus cuerdas vocales, sólo que en vez de ladrar ahora silbaba.

Entonces fue cuando salió corriendo y, a medida que jadeaba de cansancio, más sonaba la flauta y ya no eran silbidos aislados, sino melodías completas. Black, entonces, lo siguió para todos lados y, cuando llegaron al pueblo, los demás perros, primero asustados, después con más confianza, se pusieron a seguir a White a todos lados, para escuchar mejor el silbido. Y así, aunque estuviera lejos, White hacía sonar la flauta y todos iban a buscarlo. Y por las noches, cuando los demás perros roncaban, se escuchaba el débil silbido de White dentro de su casita roja:

-Fuiiiiit. . .Suiiiiiiit. . .

Y los demás perros se despertaban apenas, se sonreían, se daban vuelta y seguían durmiendo.

Pero un día White, aburrido de que lo siguieran siempre los mismos perros, decidió irse a otro pueblo, donde también los perros lo seguían. Pero allí también se aburrió de ser distinto, de ser hermoso, de ser blanco y de silbar, y entonces volvió a abandonar a sus amigos y se fue a otro pueblo, y así eternamente, encadenado a su belleza, siguió errando por el resto de sus días, que fueron dolorosamente eternos. . .

Es por eso que los perros vienen cuando uno les silba, porque creen que White ha vuelto otra vez, con su pelaje blanco y su flauta de oro en sus entrañas, silbando maravillosamente para encantarlos. . .

Es por eso que ladran contentos o arañan las puertas como Black ahora, que está llamando al filósofo, porque viene a despertarlo con un pan de esos largos en la boca.

Adriano se levantó de su vieja mecedora en enjuncada, bostezó y fue a abrirle la puerta. Allí estaba Black, con el pan entre sus dientes.

“Qué curioso”, pensó el filósofo. “En los sueños, los perros se tragan las flautas de oro, y en la realidad traen pan entero y no se lo comen. . . ¿Preferirán las flautas?” Y no se mojó la cara.

“Es curiosa la vida. Debería existir un país remoto donde la Corona del Inca floreciera en azul, o donde los matapiojos volvieran a llamarse libélulas. . .”

Black se había alejado al fondo del patio y estaba correteando a las gallinas. Unas gallinas vulgares, con plumas en vez de rizos. . .

Iba a silbarle otra vez para llamarlo, pero entró, dejándose caer otra vez en la mecedora. Tomó su abanico de helechos y hojas de nalca y empezó a espantarse las abejas.

Y entonces fue cuando se preguntó:

-¿Por qué zumban las abejas?

–¿Por qué vienen los perros cuando uno les silba?

-Las abejas silban, los perros zumban. . .las abejas zumban. . .a los perros se les silba. . .

Y se volvió a dormir, pensando en otra cosa.

Manuel Peña Muñoz – ¿POR QUE EL MAR ES SALADO? Colección Tobogán – Ediciones ORION (1984)

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