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20000 Leguas de un Viaje Submarino – “Capítulo I”

A la caza del monstruo

Ese año, 1866, fue inolvidable. Todos los barcos surcaban el océano vieron una “cosa” enorme, fosforescente, más importante y rápida que una ballena. Nadie dejaba de hablar de ella. Muchos le temían. Para otros, era un invento publicitario.

Hasta que el Escocia, un barco considerado indestructible, fue embestido en el Pacífico Sur por un objeto de gran tamaño, que dejó en su coraza un boquete de dos metros.

Entonces la gente comenzó a pedir a gritos que liberaran el mar de aquella bestia desconocida.

Así estaban las cosas cuando llegué a Nueva York, después de una exploración científica en Nebraska. Mi nombre es Pierre Aronnax y soy profesor del Museo de Historia natural de París.

Yo también estaba intrigado por el misterio del monstruo.

Además, creía firmemente que era un narval gigante, un pez con un gran colmillo, especie de unicornio marino.

Ante el clamor de la opinión pública, las empresas marítimas decidieron terminar con ese peligro, fuese lo que fuera.

Y se organizó una expedición en la fragata Abraham Lincoln, que zarparía desde Nueva York al mando del famoso comandante farragut. Se me ofreció participar de la expedición.

Me embarqué junto con mi fiel ayudante, Conseil. Y esa noche, la fragata se internó en las sombrías aguas del Atlántico.

Para el capitán, la misión era cuestión de vida o muerte y la tripulación lo seguía sin titubear: sólo esperaba, con la ansiedad contenida de un león.

Un gran cañón en proa aseguraba el éxito. Pero el Abraham Lincoln tenía algo mejor. Tenía a Ned Land, el rey de los arponeros. Ned era una canadiense enorme, de fuertes músculos y pocas palabras. No muchos se animaban a contradecirlo.

A mi me gustaba oír el relato de sus aventuras en los mares polares. Yo pensaba realmente que mi monstruo marino la iba a pasar muy mal cuando lo enfrentara el arponero. Pero Ned era el único a bordo que no creía en la hipótesis del monstruo.

“He perseguido muchas ballenas y maté varias. Sin embargo, ni la más poderosa podría romper la coraza de un banco”, opinaba.

Yo estaba convencido, sin embargo, de que debía de tratarse de una especie desconocida, del orden de los cetáceos, que vivía a muchísimos metros de profundidad, de manera que tendría un  esqueleto duro como de hierro para soportar las presiones del agua.

Este animal, lanzado a toda velocidad como una locomotora, bien podría haber perforado el casco de un barco indestructible.

Después de doblar por el Cabo de Hornos, llegamos al Pacífico. En la fragata, la tensión era tan grande que nadie pegaba un ojo. Apenas podíamos comer.

Cualquier falsa alarma provocaba una reacción inmediata, a la que seguía una nueva y mayor desilusión.

Al cabo de tres meses en este estado de cosas, ya nadie podía soportarlo. Entonces Farragut pidió tres días, sólo tres días, para encontrar y matar al monstruo. Cumplido ese plazo, volveríamos a casa. Pasaron dos días y nada. El tiempo se acababa. Y parecía que la misión iba a fracasar. De eso hablábamos la noche del último día con Conceil, cuando nos interrumpió la voz de Ned land, que gritaba: “Atención! Lo que buscamos está justo enfrente de nosotros!”.

Todos corrimos hacia el arponero. En medio de la sombra, pudimos ver el monstruo que, semisumergido, dependía un fuerte resplandor, mientras lanzaba grandes chorros de agua. El Capitán ordenó dar marcha atrás, pero el monstruo, con su brillo de metal, se aproximó a gran velocidad, dejando a su paso una estela fosforescente. “Es un narval eléctrico”, dijo el Capitán.

El Cañón disparó, pero las balas parecían rebotar en la superficie del monstruo, que daba vueltas alrededor de la fragata, como burlándose de nosotros. Hasta que el terrible arpón de Ned Land dio en el blanco. Se oyó un ruido seco, la luz eléctrica del barco se apagó y todo comenzó a sacudirse. Salí lanzado por  encima de la borda y, sin tiempo de sujetarme, caí al mar.

Estaba a punto de ahogarme cuando sentí que me tomaban de la ropa y me transportaban  hacia la superficie. Era mi fiel Conseil quien me salvaba la vida. Para mi desesperación,  pude ver cómo se alejaba la fragata.

“¿Qué pasa con el barco?”, le pregunté a mi ayudante.

“Parece que los dientes del monstruo rompieron la hélice y el timón”, respondió  Conceil, demasiado tranquilo.

“¡¡¡Entonces estamos perdidos!!!”, exclamé.

Pero como la esperanza está muy arraigada en el corazón del hombre, decidimos turnarnos para nadar, remolcándonos uno a otro. Las únicas ondas luminosas las generaba nuestro movimiento.

Parecíamos sumergidos en un baño de mercurio inmóvil.

Por último, las fuerzas me abandonaron y sólo recuerdo haber golpeado contra una superficie dura. Luego, me desmayé. Cuando desperté, no fue la cara de Conceil lo primero que vi.

“Ned!”, exclamé.

“El mismo”, dijo el arponero.

“Donde estamos?”, pregunté, todavía algo aturdido.

“Exactamente sobre su narval”, respondió Ned, que también había salido despedido de la cubierta. “Un narval hecho con chapas de acero”.

Pude comprobarlo con mis pies. El monstruo era una especie de barco submarino, con forma de pez, y estábamos sobre su lomo.

De repente, se oyó un ruido de cerrojos y unos hombres enmascarados aparecieron en la cubierta. En pocos segundos, estuvimos encerrados en una celda negra en el interior de esa extraña máquina de metal.

Apenas empezábamos a reponernos de nuestra sorpresa y a hacer conjeturas sobre la situación, cuando la celda se iluminó.

Entraron dos hombres.

Uno era un forzudo que hablaba con el otro en un idioma irreconocible.

El otro era diferente. Su mirada era fría y calma. Tendría entre 35 y 40 años (mi edad), era alto, de frente ancha, nariz recta, boca fina. Transmitía valor y orgullo. Sin duda, era el jefe.

Empecé a contarles nuestra historia, hablando en francés. El jefe me miraba con cortesía, aparentemente sin entender. Le pedí a Ned Land que hiciera el intento en inglés. No hubo respuesta.

Entonces tomó la posta Conseil y les habló en alemán. El resultado fue el mismo. Los dos hombres se retiraron y entró un camarero. Ante nuestra sorpresa, puso la mesa y nos invitó a sentarnos. Devoramos los exquisitos pescados que nos sirvieron, olvidándonos por unos instantes de todo lo demás.

En los cubiertos, de plata, había grabada una inicial: N

(continuará)

Julio Verne

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