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20000 Leguas de un Viaje Submarino – “Capítulo II”

El capitán Nemo

Nada había cambiado cuando desperté. Seguíamos los tres en nuestra celda. Me preguntaba cuánto duraría el oxígeno dentro de aquella cosa, cuando una corriente marina renovó el aire. Como una ballena, el monstruo de acero salía a la superficie para respirar. Conseil y Ned abrieron los ojos. Cuantas horas habíamos dormido? Diez, doce? Teníamos hambre otra vez.

“Esperemos que vuelva el camarero con la comida.”, dijo Ned.

“Seguramente lo hará en cualquier momento”, intenté tranquilizarlo. “No creo que planeen matarnos de hambre”.

“No, replicó Ned. “Quizá sea al contrario y quieran engordarnos para la cena de Navidad”.

“No creo que hayamos caído en manos de caníbales. Y además, señor arponero, le aconsejaría que no los haga enojar. Podría empeorar la situación”.

Ned prometió que no tendría ningún gesto violento contra nuestros carceleros.

Se oyeron pasos en el piso metálico; luego, un ruido de cerraduras. Entró un camarero. Y Ned, quebrando su promesa, saltó sobre él, lo tiró al piso y comenzó a apretarle el cuello.

Conseil intentaba separarlo, cuando se oyeron estas palabras en francés: “le pido que se calme, señor Land. Y usted profesor Aronnax, por favor escúcheme”.

El que hablaba era el Capitán de la nave. Al oírlo, Ned Land soltó al camarero que, algo aturdido se levantó y se alejó tambaleante.

“Señores”, continuó el Capitán, “hablo inglés, francés, alemán y latín.

Pero quería asegurarme de la verdad de sus relatos. Ya sé que no mintieron. El problema es que se acercaron demasiado a un hombre que la ha roto todos los lazos con la humanidad y sus leyes. Ahora que me han descubierto, me veo en la obligación de mantenerlos en mi nave, aunque dentro de ella se moverán con libertad”.

“Quiere decir que no volveremos a tierra? “, pregunté estupefacto.

“He leído su libro, profesor, y puedo asegurarle que no lamentará quedarse a bordo”, dijo el Capitán. “Verá una realidad maravillosa. Usted, profesor, será mi compañero de estudios en un viaje alrededor del mundo submarino”.

Confieso que las palabras del Capitán me impactaron tanto que, por un momento, pensé que era  una suerte ser su prisionero.  Le pregunté cómo debía llamarlo. “Soy simplemente el capitán Nemo, y ustedes están en el Nautilus”.

Nos invitó a seguirlo hasta un comedor con muebles de roble y fina cristalería. Nos sentamos a una mesa con vajilla de plata y probamos exquisitos manjares, frutos de mar que nunca habíamos visto. Resultó que todo, menos la vajilla y, quizá, los muebles, había sido hecho en el submarino con productos del mar. Las telas se tejían con tegumentos de ciertos moluscos, la pluma para escribir era una barba de ballena.

Nemo me llevó a recorrer el resto de Nautilus. Empezamos por una imponente biblioteca con 12.000 libros t cómodos sillones tapizados con cuero.

“EL mundo se acabó para mí la primera vez que el Nautilus se sumergió. Desde entonces, los libros sn mi único lazo con la humanidad. Aquí, en el fondo del mar, soy libre”, dijo Nemo.

Pasamos a un salón iluminado, una especie de museo privado con cuadros y esculturas de grandes artistas. Allí, había unas partituras musicales esparcidas sobre un órgano.

“Estos músicos y artistas están tan muertos como yo, profesor”, dijo enigmático el capitán Nemo, antes de mostrarme un sector destinado a una colección de rarezas marinas y perlas bellísimas.

El valor de todo lo que contenía ese salón era incalculable.

Pasamos luego a los camarotes, visitamos la cocina y la sala de máquinas. El Capitán me explicó que todo en el Nautilus funcionaba con energía eléctrica que provenía del mar. La energía era acumulada en baterías de sodio, que no es otra cosa que la sal marina, lo que más abunda en los océanos.

“Todo lo que usted ve aquí fue diseñado por mi. La nave fue construida en secreto”, dijo Nemo.

Finalmente, me dejó solo en el salón. Y me pregunté si el capitán Nemo sería Galileo moderno, un genio incomprendido. De dónde vendría su rechazo a la humanidad? Ned y Conseil llegaron e interrumpieron mis pensamientos.

De pronto, unos paneles de acero se corrieron y sólo un grueso vidrio quedó entre nosotros y el agua. Una gran variedad de peces de muchos colores y formas se movía detrás de esa fantástica pantalla.

El Nautilus había comenzado el viaje. El espectáculo era fascinante. Luego, los días pasaron y el capitán Nemo no aparecía.

Un día, al entrar en mi camarote, encontré una nota:

“Señor profesor Arannox:

“El capitán Nemo lo invita, junto con sus compañeros, a una partida de caza, mañana por la mañana, en los bosques de la isla Crespo”. Firmaba el capitán Nemo.

Me llamó la atención que nos invitara a desembarcar. Ned ya planeaba la fuga. Pero Nemo nos aclaró las cosas al día siguiente: Mis bosques son submarinos. No hay allí leones ni panteras y sólo yo los conozco”.

Con gruesos trajes impermeables de caucho, escafandras de metal y tubos de oxígeno cargados a nuestras espaldas (una moderna técnica que el mismo capitán había perfeccionado), salimos al fondo del mar.

En esa expedición vi. las cosas más increíbles que puedan imaginarse. El bosque tenía unas plantas muy grandes, que formaban arcos sobre nuestras cabezas. Nemo disparó contra una nutria marina, especie rara, que probablemente se extinga.

Admiraba su puntería cuando se me acercó y me empujó. No entendí el gesto hasta que miré hacia arriba y vi las panzas plateadas de un grupo de temibles tiburones. Nemo nos hizo señas de que nos quedáramos inmóviles hasta que siguieran de largo.

(contunuará)

Julio Verne

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