luna
 

20000 Leguas de un Viaje Submarino – “Capítulo III”

Un encuentro con los salvajes

El submarino solía navegar en la superficie durante la noche. Por la mañana, los marineros salían a la cubierta exterior y recogían las redes con las que pescaban todo tipo de peces.

Navegamos entre las islas del Pacífico. Y un día, a muchos metros de profundidad, vimos el triste espectáculo de un barco hundido. Una mujer yacía muerta; cuatro marineros se agarraban inútilmente de las cuerdas cortadas. Enormes tiburones se acercaban a aquella horrible sepultura marítima, que parecía muy reciente. Toda la zona estaba sembrada de buques hundidos, restos de naufragios que el óxido devoraba.

Estábamos en los peligros parajes del Mar de Coral, en la costa noroeste de Australia.

Dos semanas después, entramos en el Estrecho de Torres. Navegábamos en la superficie y a nuestro alrededor el mar se agitaba con furia. De pronto, un fuerte impacto me derribó: el Nautilus acababa de chocar contra un arrecife y quedó inmóvil.

“No se preocupe, profesor Aronnax”, intentó tranquilizarme el capitán Nemo. “Es un simple incidente. En pocos días la marea subirá y empujará al Nautilus”.

Ned y Conseil tuvieron entonces la idea de bajar a tierra y, para mi sorpresa, el capitán nos  dio permiso. Confiaría en que no intentaríamos escapar, ya que caer en manos de los salvajes que habitaban la zona sería peor que continuar prisioneros en el Nautilus.

Salimos armados con hachas y fusiles no bien el mar nos permitió bajar un bote. A Ned Land se le hacía agua la boca pensando en el producto de la caza.

El bote tocó suavemente la playa. Nos asombramos ante el espectáculo que ofrecían árboles enormes unidos entre sí por guirnaldas de lianas. Ficus, casuarinas, palmeras y otras especies cobijaban orquídeas y helechos. El primer cambio en nuestra dieta marítima fueron los cocos.

“Esto puede ser un buen postre.”,se quejaba el voraz arponero, “Pero y el asado?”. . .

Conseil logró acertarle a un par de palomas. Las desplumamos y las asamos. Nos comimos casi hasta los huesos.

Al otro día, volvimos a bajar a la isla. Esta vez, hubo más suerte con la caza: Ned derribó un magnífico jabalí, que asamos en la playa.

En ese momento una piedra cayó a nuestros pies.

“Serán monos”, razonó Conseil, mirando hacia el bosque. Entonces vimos una veintena de salvajes que salían de la espesura con arcos y hondas.

“AL bote!”, grité.

Una lluvia de piedras y flechas se descargó sobre nosotros. Ned no quería abandonar sus provisiones, de modo que escapaba con lo que quedaba del jabalí. Llegamos al bote y remamos con todas nuestras fuerzas hasta alcanzar el Nautilus. Un centenar de salvajes se había reunido ya en la playa, gritando y gesticulando.

Subimos a bordo. El submarino parecía desierto. Del salón llegaban algunos acordes. El capitán Nemo estaba allí, volcado sobre su órgano, en pleno éxtasis musical.

“Capitán”, dije tocándole el hombro, “lamento interrumpirlo, pero hemos atraído a un grupo de salvajes que se comporta de modo inquietante”.

“Salvajes…”, repitió el capitán Nemo con cierta ironía. “No veo por qué se sorprende, profesor, de encontrar salvajes. Yo los he encontrado por todos lados. Estos que usted llama salvajes son peores que los que habitan el resto del planeta?”

“Bueno, si no quiere recibirlos a bordo del Nautilus, debería tomar ciertas precauciones. Hay casi cien de ellos ahí afuera”, insistí.

“Señor Aronnax, aunque todos los papúas se hubieran convocado en esta playa dispuestos a atacar, el Nautilus no tendía nada que temer”, dijo el capitán. Y sus dedos volvieron a deslizarse sobre las teclas del órgano.

Subí a la plataforma. Había oscurecido y la playa estaba iluminada por los fuegos de los indígenas. La noche transcurrió en calma. A la mañana siguiente, los salvajes comenzaron a disparar sus flechas sobre la nave.

Nemo seguía muy tranquilo en el salón, ahora absorbido por complicados cálculos matemáticos.

“Su flechas no podrán destruir lo que los proyectiles de su fragata no lograron ni siquiera averiar”, me dijo.

Por precaución, los marinos cerraron la nave. Minutos después, a través de los vidrios del salón, pudimos ver veinte caras horribles, muy cercanas. Pero, al apoyar sus manos en la barandilla, los indígenas salieron despedidos por una fuerza invisible. Huyeron dando gritos de espato en sus canoas. Entonces entendí: la barandilla estaba electrizada. Era una barrera infranqueable.

En ese momento, el Nautilus, empujado por la marea, abandonó su lecho de coral, dejando atrás los peligrosos pasos del Estrecho  de Torres.

Continuamos nuestro viaje por las profundidades del océano y volvimos a maravillarnos por las especies que el submarino cruzaba a su paso. La existencia a bordo se nos había vuelto cómoda y agradable, hasta que un día el capitán Nemo apareció con cara de preocupación. Se presentó con su segundo, el forzudo que hablaba aquel extraño idioma, y me dijo:

“Señor Aronnax, va a estar encerrado con sus compañeros hasta que yo decida su liberación. Y le pido que no haga preguntas”.

“Usted manda”, respondí resignado.

Cuatro hombres nos condujeron a la celda. Nos dieron de comer y no bien terminamos la cena un profundo cansancio se apoderó de mí. No pude mantener los ojos abiertos y caí en un sueno poblado de alucinaciones, tal vez provocadas por alguna sustancia en la bebida.

A la mañana siguiente, nos liberaron. El capitán Nemo vino a buscarme:

“Usted es médico, señor Aronnax?”

“Si, soy doctor y me dediqué a curar enfermos antes de entrar al Museo”, respondí.

“Tendría la gentileza de atender a uno de mis hombres?”

Me condujo a la popa del Nautilus y me hizo entrar en un camarote. Un hombre de unos cuarenta años yacía en la cama. Su cabeza estaba envuelta en vendas ensangrentadas. Desaté las vendas y miré la herida: el cráneo había sido fracturado con un elemento contundente. Su pulso era muy débil y estaba realmente grave.

“Morirá antes de dos horas”, le dije al capitán Nemo cuando salimos del camarote. “Pero, cómo se produjo la herida?”

“Eso no tiene importancia. Fue un accidente. No hay nada que podamos hacer?”El Capitán estaba desolado.

Al día siguiente, asistimos al funeral del tripulante. Nos calzamos los tubos y escafandras, y salimos al maravilloso reino del coral. Verdaderos bosques petrificados y largas bóvedas de rarísima arquitectura nos envolvieron.

En un claro, sobre el pedestal de rocas amontonadas, se alzaba una cruz. El capitán Nemo dio una señal y uno de sus hombres cavó un hoyo. Ese lugar era un cementerio, y el agujero, una tumba. Cuatro hombres colocaron allí un bulto donde estaba el cuerpo del hombre, que había muerto durante la noche. Allí en el inaccesible fondo marino, el capitán Nemo y los suyos sepultaban a sus compañeros.

Más tarde, en el submarino, le dije a Nemo: “Sus muertos duermen al

“Y de los hombres”, contestó con gravedad.  lí, tranquilos, fuera del alcance de los tiburones”.

(contunuará)

Julio Verne

Imprimir este Cuento

Cuento Infantil relacionado con: , , , , , , , , , ,



Deja un comentario

Tu email nunca será publicado o compartido.Campos obligatorios están marcados con*

Tu comentario:

Connect with Facebook