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20000 Leguas de un Viaje Submarino – “Capítulo IV”

Entre perlas y tiburones

Para mi ayudante Conseil, el Capitán Nemo era un genio incomprendido que había decidido escapar a un lugar en el que se sentía libre. Para mí, había algo más. El capitán Nemo no se contentaba con  huir de los hombres. Yo estaba convencido de que la coraza de acero que había construido también servía a los intereses de alguna terrible venganza.

Cuando pasamos frente a las costas de la isla de Ceilán, el Capitán me propuso visitar un lecho de perlas.

“Los nativos usan un antiguo método para pescarlas”, dijo Nemo. “Bajan a lo profundo con una piedra atada a una cuerda. Eso daña la salud rápidamente Y todo por un dólar semanal. A propósito, les tiene miedo a los tiburones?”

“Tiburones!, exclamé.

“No se preocupe, se acostumbrará a ellos”, dijo el Capitán.

Mis compañeros estaban de lo más entusiasmados con la pesca de perlas. Claro que no sabían nada de los terribles tiburones. De todos modos, la conversación con ellos me hizo olvidar mi temor por un momento.

“Que es exactamente una perla, señor?”, preguntó Ned Land.

“Para un poeta puede ser una lágrima del mar; para los orientales, una gota de rocío solidificada; para algunas damas, es solo un adorno; para el químico, una mezcla de fosfato y carbonato de cal con gelatina y, para el naturalista, una secreción del órgano que produce el nácar en las ostras y otros moluscos. Cada perla vale una fortuna”, expliqué.

“Yo le regalé un collar de perlas a mi novia y terminó casándose con otro. Pero ese collar no costó más que un dólar y medio”, dijo Ned Land.

“Es que esas eran perlas artificiales, simples bolitas de cristal pintado”, me reí.

“Quizá por eso mi novia se caso con otro”, dijo el arponero.

“Pocos tienen una perla tan cara como la del capitán Nemo”, dije señalando la magnífica joya encerrada en una vitrina. “Y seguramente al Capitán sólo le costó la molestia de recogerla.”

Esa noche dormí mal. Los tiburones tuvieron un papel relevante en mis sueños. Muy temprano, el camarero me despertó. Recién amanecía pero ya todos estaban levantados. Trasbordamos al bote y los remeros nos llevaron a la isla de Manaar. Allí, nos pusimos los trajes de caucho y las escafandras y, armados con puñales y arpones, descendimos al fondo del mar por una suave pendiente.

EL capitán nos guió hacia una gruta. Allí vimos una ostra de tamaño increíble. Calculé que la perla que contenía valdría mucho más que la que guardaba el Nautilus. Íbamos a acercarnos para tomarla, pero el capitán nos alejó con un gesto. Comprendí que la cuidaba especialmente.

Un pescador nativo trabajaba muy cerca. Bajaba con una piedra que sujetaba entre los pies. La piedra estaba a su vez atada a una soga. Y el otro extremo de la soga quedaba amarrado a un bote que flotaba sobre ostros en la superficie. Cuando llegaba al  fondo, el pescador llenaba su bolsa con ostras y volvía a subir para dejar lo que había recogido y para tomar aire. Así, una y otra vez. Y muy pocas de esas ostras tenían las perlas por las que se arriesgaba en un sitio infestado de tiburones!

Cuando pensaba esto, una sobra gigantesca apareció por encima del pescador. Era un tiburón que avanzaba muy rápido, con sus terribles mandíbulas abiertas. El muchacho pudo evitar la primera dentellada, pero no el coletazo, que lo derribó.

El tiburón volvía dispuesto a devorar a su víctima, cuando el capitán Nemo se abalanzó sobre él y le clavó su puñal en el vientre. EL mar se tiñó de rojo y apenas pude distinguir al valiente capitán aferrado a una de las aletas, luchando cuerpo a cuerpo con aquella bestia.

De pronto, Nemo cayó a la arena del fondo  y el tiburón se lanzó sobre él. Ned Lan, veloz como el pensamiento, le arrojó su arpón. Golpeado en el corazón, el monstruo se sacudió con un terrible espasmo. Y el agua ensangrentada se agitó de tal manera que volteó a Conseil.

EL Capitán se acercó al pescador, cortó la soga que lo ataba a la piedra, lo rodeó con un brazo y lo subió a la superficie.

Fuimos tras él y alcanzamos todos, la embarcación del pescador.

Gracias a los masajes de Conseil y del Capitán, el muchacho se reanimó. Entonces, el capitán Nemo sacó de su traje de buzo una bolsita con perlas y la puso en la mano del pescador. Los ojos asustados del muchacho mostraron que no entendía a qué seres sobrenaturales les debía la fortuna y la vida.

Ya de vuelta en el Nautilus, el capitán Nemo le agradeció a Ned Land haberlo salvado. Yo elogié su generosidad al rescatar al pescador que, de otra forma, habría muerto ahogado.

“Ese hombre, profesor, nació y vive en un país oprimido. Y yo todavía, y hasta mi aliento final, pertenezco a ese mismo país”, me respondió enigmático.

El Nautilus siguió su marcha. Y entró al Mar Rojo. Todavía no se había abierto el canal de Suez, de manera que en algún momento tendríamos que volver atrás, porque aquel mar era como un callejón sin salida. Entonces, Nemo nos sorprendió una vez más. Había descubierto un túnel, a 50 metros bajo el agua, que comunicaba el Mar Rojo y el Mediterráneo. Aquella galería permitía que una corriente permanente circulara entre los dos mares. Así que pasamos por esa cañería natural y entramos en las transparentes aguas del Mediterráneo.

Cuando el submarino alcanzó la superficie, Ned Land nos reunió a Conseil y a mí en la plataforma y nos dijo:

“Ahora que estamos frente al territorio europeo, pido abandonar el barco antes de que sea tarde”.

En realidad, a esa altura yo no tenía ninguna intención de huir. Al menos, no hasta nuestro ciclo de investigaciones terminara. Había descubierto una increíble cantidad de especies desconocidas en el viaje. Y quería, además, develar el misterio del capitán Nemo.

“Creo que nuestra experiencia no es tan terrible”, objeté. “En algún momento terminará, como todo”.

“Justamente, este es el momento de terminar el viaje, ahora que estamos a la vista de Europa”, insistió el arponero. “Cuando se den las condiciones, debemos escapar.”

“Lo que usted dice es en parte razonable. Pero creo que esas condiciones nunca se presentarán: el capitán Nemo no es tan ingenuo”.

De todos modos, no hubo posibilidad de fuga inmediata. El azul  Mediterráneo  y sus blancas costas pronto desaparecieron de nuestra vista. El Nautilus se sumergió y emprendió una carrera vertiginosa hacia el Atlántico.

(continuará)

Julio Verne

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