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20000 Leguas de un Viaje Submarino – “Capítulo V”

El continente desaparecido

Después de recorrer cerca de diez mil leguas en tres meses y medio a bordo del Nautilus… ¿a dónde íbamos ahora? Ned Land estaba cada vez más obsesionado con la huída. Estábamos cerca de la costa de Portugal y le aconsejé esperar a que el submarino se acercara a Francia.

“Pienso hacerlo esta noche”, me sorprendió  el arponero. “Se dan las condiciones. La noche es sombría. Sopla viento desde alta mar. Pronto estaremos cerca de la costa española. Señor Aronnax, cuento con usted. Ya le avisé a Conseil. Espéreme a las nueve en la biblioteca, y le daré mi señal”.

Land tenía razón. Yo no podía obligarlos a seguir a merced de Nemo, quien no parecía dispuesto a liberarnos nunca. A las nueve fui a la biblioteca. Y allí estaba esperando cuando entró en persona el Capitán.

Precisamente, me estaba buscando. Abrió los paneles de metal y vi. una fuerte luminosidad que se proyectaba sobre el agua. EL fondo  arenoso era limpio y claro. Hombres de la tripulación del Nautilus con sus escafandras, movían toneles podridos y cajas rotas de las cuales se escapaban lingotes de oro y plata. Los marineros iban llevando ese maravilloso botín al submarino y volvían a buscar más.

Nemo  me recordó entonces que estábamos en el escenario de una batalla en que fuerzas españolas y francesas se habían batido contra los ingleses. Ante el duro ataque del enemigo, el comandante francés había ordenado quemar y hundir los galeones a su mando, cargados de riquezas que venían de América.

“Únicamente rescato lo que los hombres han perdido, no solo aquí, sino esotros mil escenarios de naufragios”, me dijo Nemo.

“Lamento que tanta riqueza no se reparta entre los muchos necesitados que pueblan la Tierra”, comenté.

“¿Cree que estas riquezas están perdidas porque yo las tomo? ¿Quien le dijo que no hago un buen uso de ellas? Piensa que ignoro que existen razas oprimidas, miserables que socorrer, víctimas que vengar? No lo entiende…?” El capitán Nemo dejó de hablar.

Comprendí entonces que era un caballero. Y cualquiera fuera la razón que lo impulsaba a buscar la libertad bajo el mar, su corazón todavía palpitaba ante los sufrimientos de la humanidad.

Al día siguiente nos sumergimos y viramos hacia el sur.

Esto frustraba el plan de fuga de Ned.

Por la noche, el capitán Nemo  me propuso una excursión que sería inolvidable.

Salimos sólo él y yo, con nuestros equipos de buzos. Un resplandor de fuego llegaba desde lejos, iluminando el suelo rocoso. A los costados se levantaban tenebrosas galerías. Rocas  monumentales, colgando de sus bases irregulares, parecían desafinar las leyes del equilibrio. Árboles petrificados, torres y paredones se inclinaban en ángulos imposibles. Al  descubrir este paisaje  inverosímil, me convierto en historiador de cosas improbables que, sin embargo, existen. No lo he soñado.

Los peces se levantan en masa bajo nuestros pasos, como pájaros sorprendidos en las copas de los árboles. EN grutas formidables. Los ojos de crustáceos gigantes brillaban en la oscuridad y temibles pulpos entrelazaban sus tentáculos como matorrales de serpientes.

El origen del resplandor rojo que iluminaba todo era un cráter submarino que expulsaba torrentes de lava. Allí, bajo mis ojos, como un cementerio en ruinas, apareció una ciudad arrasada, con sus templos destruidos, sus construcciones sin techos, sus columnas derribadas. Más allá, los restos de un gran acueducto, los vestigios de un muelle, largas filas de murallas caídas. Toda una Pompeya oculta bajo el mar, que el capitán Nemo descubría ante mi vista.

Entonces el Capitán tomó un trozo de piedra y trazó sobre una roca de basalto negra  una sola palabra: Atlántida.

La célebre Atlántida! Esa región sumergida fuera de Europa y de Asia, donde había vivido el poderoso pueblo de los atlantes, según la antigua leyenda que muchos negaron.

Ellos dominaron Egipto y quisieron atacar muchas veces a Grecia. Hasta que un cataclismo los aniquiló en un solo día, y la Atlántida se sumergió.

Me preguntaba qué pensamientos cruzarían por la mente del capitán Nemo. Nos quedamos una hora contemplando el alucinarte paisaje. Por momentos, los rayos de la Luna se derramaban pálidos sobre el continente sumergido.

Al día siguiente, el Nautilus atravesó el Mar de los Sargazos. Navegamos sobre un gran banco de espesas algas.

Fragmentos de barcos hundidos, troncos de árboles se amontonaban en ese punto centrífugo del océano y se mezclaban con medusas y hierbas.

Viajando sobre la superficie, avistamos un día un grupo de ballenas australes. Las ballenas se movían a nuestro alrededor y Ned, lleno de nostalgia por los barcos balleneros, quiso cazar una.

“Para qué?” dijo el Capitán, “No necesitamos aceite de ballena a bordo. Matar es un pasatiempo humano condenable. Y cazando ballenas sin medida, los hombres terminarán borrándolas de los Mares del Sur.”

“Bastante tienen con los cachalotes”, agregó Nemo, y señaló una serie de puntos negros que se iban acercando rápidamente.

“Ahora verá, señor Aronnax, cómo el Nautilus es capaz de cazar a esos crueles cachalotes, pura boca y dientes.”

Nos instalamos en el interior del submarino y el capitán dirigió las maniobras. Vivimos a través del vidrio una cacería descomunal.

Navegando por encima y por debajo del agua, el Nautilus se convirtió en un formidable arpón. Se lanzaba sobre aquellos  monstruos y los atravesaba de un lado al otro, cortándolos por la mitad con su temible espolón. Cuando emergimos, la superficie del mar estaba cubierta de cuerpos despedazados.

“Qué opina, contramaestre Land?”, preguntó el capitán Nemo. “Spy cazador, la carnicería no es mi especialidad”, dijo el arponero. “Tampoco el Nautilus es un cuchillo de carnicero. Pero estos animales son nocivos”, replicó el Comandante.

El Nautilus se acercó a una ballena que había muerto por el ataque de los cachalotes. A su costado estaba su pequeño  ballenato, también sin vida. Dos hombres subieron al flanco de la ballena y ordeñaron la leche de sus mamas. El capitán me la hizo probar, muy a mi pesar. Tuve que reconocer que no se distinguía de la de vaca. Por varios días, comimos queso y manteca de ballena.

(continuará)

Julio Verne

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