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20000 Leguas de un Viaje Submarino – “Capítulo VI”

La catástrofe

Entonces supimos que el capitán Nemo quería ser el primer hombre que dejara su huella en el Polo Sur. El Nautilus  avanzaba entre islotes de hielo, cortando grandes masas congeladas, siempre a p unto de encallar.

Vimos focas, morsas y todo tipo de aves. Cada tanto, un petrel o algún otro pájaro polar  confundía la nave de acero con el cadáver de una ballena, venía a posarse en  él y su pico golpeteaba inútilmente sobre las planchas de acero.

El plan del capitán era llamar los depósitos de oxígeno y navegar bajo el hielo hasta llegar al  polo Sur, donde suponía que debía de haber mar libre en medio del desierto blanco. Navegamos casi dos días en la más absoluta oscuridad por debajo de la gruesa capa de hielo. Sólo el submarino alumbraba aquellas profundidades. Pero el cálculo del capitán fue perfecto. Emergimos en un mar libre y nos acercamos a la orilla. Bajamos de la nave y Nemo plantó en ese suelo helado una bandera negra con una N, la inicial de su nombre.

Su euforia acabó pronto. Al regresar, chocamos contra un bloque de hielo que sobresalí del techo helado y quedamos atrapados.

Las reservas de aire se acabarían en 48 horas. Así que Ned, el Capitán, Conseil y parte de la tripulación se pusieron sus trajes de caucho y sus escafandras y salieron  del submarino para picar y taladrar la masa helada. No tuvieron éxito. El aire ya se estaba enrareciendo, cuando el capitán tuvo la idea de dispararles chorros continuos de agua hirviendo a las murallas que nos rodeaban.

Así el Nautilus se fue abriendo camino., hasta que finalmente, cuando apenas podíamos respirar, salimos a la superficie. El panel superior de la nave fue abierto y el aire puro entró a oleadas,

Para nuestra satisfacción, el Nautilus volvía al norte por la ruta del Atlántico. Pasamos por Tierra del Fuego y por las Malvinas, rozamos las costas de la Patagonia hasta que sobrepasamos el estuario del Rio de la Plata. Habíamos recorrido 17.000 leguas desde nuestro embarque en los mares de Japón, seis meses atrás.

Continuamos hacia el norte y, frente a las Antillas, nos vimos rodeados de pronto por enormes pulpos. Aquellos calamares gigantes nunca habían sido estudiados, pero se hablaba de ellos en viejas leyendas, y muchos marinos decían haberlos visto.

El más grande medía unos ocho metros, pesaría unos veinte mil kilos, su cabeza coronada por tentáculos que se agitaban en el agua como un nido e serpientes, tenía pico de pájaro y nos miraba con sus enormes ojos aterradores a través del cristal de estribor. De repente, el Nautilus se detuvo.

“La hélice se trabó”, nos informó el capitán, “seguramente la mandíbula de uno de esos calamares se introdujo en ella, y eso nos impide seguir”.

‘¿Y qué solución hay?”, pregunté.

“Subiremos a la superficie y los combatiremos cuerpo a cuerpo, señor Aronnax”, dijo, desafiante, el capitán.

Todos nos dispusimos a acompañarlo, armados con hachas de abordaje. Uno de los marineros desatornilló los pernos de un panel, que se levantó de pronto con violencia, tirado por la ventosa del brazo de un pulpo. En seguida uno de estos largos brazos se deslizo como una serpiente por la abertura.

El capitán Nemo cortó con un hachazo el colosal tentáculo, que rodó por los escalones hacia el interior del submarino. Pero sin darle tiempo a reaccionar, otros dos brazos se abalanzaron sobre el marinero que había desatornillado el panel y lo levantaron en el aire. El  pobre infeliz lanzó un grito desgarrador.

Nemo se precipitó sobre el pulpo y le cortó otro tentáculo. Su segundo, el forzudo, luchaba furioso contra otras bestias y todos entramos en esa pelea a muerte.

Pensé que el Capitán Nemo lograría arrancar al marinero del lazo con que lo asfixiaba el pulpo. Le quedaba un solo tentáculo, con el que agitaba a su víctima como una pluma. De pronto, lanzó un chorro de tinta negra segregada desde una bolsa en el abdomen y nos encegueció. Cuando la nube oscura se disipó, el calamar había desaparecido, y el marinero con él.

Ned Land con su arpón no pudo evitar que uno de los calamares estuviera a p unto de devorarlo. Pero lo salvó el hacha del Capitán Nemo. Los animales se alejaron. El Capitán, rojo de sangre, inmóvil, miraba el mar que se había tragado a  un compañero, y se le escaparon unas lágrimas.

Seguimos navegando hacia el norte. Cerca de las costas del Canadá, Ned me pidió que hablara con el capitán. La nostalgia por su patria y la  tortura del encierro estaban destruyendo al vigoroso arponero. De modo que interrogué amablemente al capitán Nemo.

“Profesor, le respondo lo que le dije hace siete meses: quien entra en el Nautilus no puede abandonarlo”, dijo secamente. Los días siguientes transcurrieron en una aparente calma. Al capitán casi no lo veíamos. Navegamos hacia el este, atravesando el mar del Norte. Y una mañana, mientras miraba a través del vidrio los restos de un naufragio, se me acercó Nemo.

“Este barco que usted ve es el Vengador”, me dijo, “que sirvió a la República Francesa. Hace setenta y cuatro años, después de un combate heroico contra los ingleses, ya sin sus mástiles, prefirió hundirse con sus 356 marinos antes que rendirse”, dijo el Capitán, serio y conmovido.

Volvimos a la superficie. Yo no dejaba de recordar con qué emoción el Capitán, había pronunciado la palabra “Vengador”. Me preguntaba su odio todavía necesitaba alimentarse de venganzas. Pero pronto tendría mi respuesta. Vimos acercarse un navío de guerra. Cuando estuvo a una distancia conveniente, empezó a disparar contra el Nautilus. Probablemente –deduje- muchos barcos andarían a la caza del submarino, después del ataque desafortunado de la fragata Abraham Lincoln. Y quizá  sabían ya que no se trataba de un animal, sino de una máquina de acero.

Pensé que quizás aquella noche en que el Capitán nos encerró en nuestra celda, el Nautilus habría atacado a otra nave y que producto de ese enfrentamiento fue la muerte del hombre que enterramos en el bosque de coral. Así, la verdadera existencia del capitán Nemo se revelaba.

“Aquí comienza nuestra batalla”, dijo.

“¿Le va a disparar a ese buque?”, pregunté.

“Voy a destruirlo!”, exclamó, y luego:”Es un barco de una nación maldita. Por ella ha muerto todo lo que he amado: patria, mujer, hijos, mi padre y mi madre…: .

No puede distinguir la bandera del navío. Pero el capitán estaba enardecido como nunca lo había visto. Siguió conduciendo al Nautilus hacia el buque de guerra, que a su vez continuaba disparando. Cuando estuvimos a menos de dos kilómetros, el Nautilus se sumergió un poco y arremetió a toda velocidad contra el casco del otro.

La escena que vimos fue espantosa. El agua comenzó a inundar el barco de guerra. La tripulación se precipitaba en racimos sobre la borda mientras la nave caía hacia el fondo del mar. En poco tiempo, se hundió del todo. Los cadáveres fueron arrastrados hacia abajo por un vertiginoso remolino.

Me volví hacia el capitán Nemo. Aquel justiciero terrible, arcángel del odio, permanecía imperturbable. Lo seguí hasta su habitación y pude ver, sobre un estante, el retrato de una mujer joven con dos chicos. El capitán Nemo los miró y, arrodillándose, se deshizo en llanto.

El Nautilus navegó varios días sin que ninguno de sus tripulantes se dejara ver. Cuando estábamos preparando un bote para escapar, nos atrapó un enorme remolino al norte de Noruega. Sacudido espantosamente, mi cabeza golpeó contra un objeto duro. Y luego vi, las caras de Ned y Conseil frente a mí. Había perdido el conocimiento y desperté en la cabaña de un pescador de los mares nórdicos.

No sé cómo el Nautilus salió del remolino. Ni cómo llegamos a tierra después de haber recorrido 20,000 leguas de viaje submarino.

Aún hoy me pregunto si el capitán Nemo vive. Y si sigue con sus planes de venganza. ¿Sabré alguna vez toda la historia de su vida?

Sólo espero que, en su espíritu, el justiciero dé lugar al sabio. Que continúa con su pacífica exploración de los mares. Su destino, aunque extraño, es sublime.

Por mi parte, tengo la respuesta a una pregunta formulada hace seis mil años por el Eclesiastés: “¿Quién ha podido sondear las profundidades del abismo?”. Dos hombres: el Capitán Nemo y yo.

Fin

Julio Verne

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