luna
 

La gallina enamorada

Desde muy chiquito lo había visto allí arriba. Era como ver el sol. Cuando era una pollita retozona, lo miraba con indiferencia porque estaba más allá del mundo cotidiano; más allá de aquel gallinero donde había, por lo menos, cien gallinas. Pero, luego, algo fue naciendo es su corazoncito. Después se dio cuenta de que estaba enamorada. Tremendamente enamorada de ese gallo esbelto y reluciente. De ese gallo que, allá arriba, desafiante, erguido, indiferente, parecía contemplar la lejanía con desprecio absoluto por todo lo que fuera gallinero.

Cuanto gallo galán se acercaba a ella con afán de conquistarla, supo de su enérgico rechazo. Su amor estaba allá arriba, recortada su elegante silueta sobre el cielo, brillante cuando el sol de la mañana salpicaba de luces su figura, como si fuera de oro su plumaje.

Pero su amor, el gallo indiferente de las alturas, jamás se dignó posar su mirada sobre ella. Desesperada, una mañana intentó volar hasta la torre. Abrió sus alas, hizo un tremendo esfuerzo y, con febril aleteo, sólo llegó hasta el alero.

Faltaba mucho todavía. Alzó sus ojos y lo vio, altivo como siempre. Aún estaba muy alto. Volvió a tomar impulso, pero cayó grotescamente al suelo.

Se sintió tan ridícula y avergonzada que se ocultó en el último rincón del gallinero. Desde allí acurrucada, miró hacia la torre y creyó ver una sonrisa burlona en aquel gallo. Pero él no podía reir, ni tampoco llorar. No tenía alma, porque era…una veleta.

Una tarde comenzó a soplar un viento fuerte, que hacía temblar las chapas de los techos, que retorcía las copas de los árboles y levantaba nubes de polvo y hojarasca y que acabó destruyendo para siempre a aquel gallo altivo y presumido.

Fue su único vuelo. Corto, postrero y humillante. Cayó en el gallinero. Y allí vieron de cerca su plumaje. De latón, y no de oro. Y vieron su cabeza altiva, esta vez clavando el pico sobre el barro, su cresta despintada yacía a varios metros y su figura despojada de toda gallardía, era un triste montoncito de lata oxidada.

Como cobrándose una vieja deuda, cantó sobre él un gallo verdadero. Y ella, pobrecita! Fue a esconder su desengaño en el rincón más oscuro del gallinero.

Ignacio Veis Para la Revista de Autoclub 1975

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