luna
 

La historia de la koala Valeria

Les quiero contar mi historia y enseñarles mi álbum familiar: Me llamo Valeria y soy una Koala color gris, de grandes orejas y ojos color canela.

Cuando no voy a la escuela, me encanta trepar a los árboles y comer hojas de eucalipto. Me paso horas durmiendo entre el follaje, mientras mis hermanos brincan por el campo. A veces me los quedo mirando y pienso: Mi mamá me contó, que cuando yo era peque, (al igual que todos los animalitos y seres humanos), nací fruto de la unión de papá y mamá. Pero por esas cosas de la vida y la influencia del mágico destino, papá y mamá Koala no pudieron cuidar de mí y como sabían que una pareja de canguros deseaban tanto tener un hijo, me dejaron en una cesta cerca del portal. Fue entonces cuando conocí a la cangura Pancracia y al canguro Agustín.

Ellos me contaron, que no podía tener hijos canguros y mamá Pancracia, siempre estaba triste y papá Agustín trataba de consolarla. Ya nada le apetecía a mamá, ni correr por el campo, ni quedarse contemplando las golondrinas migrar. Hacia tiempo que todo la ponía triste. Y las golondrinas más aún, porque le recordaban la libertad. Las golondrinas podían volar alto, tal vez migraban buscando realizar sus sueños y aunque Pancracia saltara muy pero muy alto, no lo conseguía alcanzar. Se pasaba horas acostada pensando, soñando y anhelando (con fuertes suspiros), llenar sus brazos de mamá cangura, con el amor de un hijo. A veces, hasta se le asomaba una lágrima por su cara de terciopelo. Quería un hijo más que a nada en el mundo. Que se pareciera a Agustín, que era un canguro feliz. Pero a pesar de la enorme tristeza que sentía Pancracia, en su corazón de cangura, albergaba la esperanza de que algún día ese momento iba a llegar.

Una mañana de primavera de sol resplandeciente, Pancracia iba saltando por el campo en busca de frutas para Agustín y siente un ruido extraño. Mira para un lado y para el otro y nada. No veía otro canguro y los pájaros no hacían ese extraño sonido. Olfateaba y paraba las orejas buscando. Era como una especie de llanto. Su corazón dio un vuelco y se dejó guiar por el sollozo de un bebé.

Cuándo de repente mueve una gramínea muy alta, y ¡OH! Sorpresa, se encuentra con una cesta y en el interior un bebé hermoso, de pelaje sedoso color gris, enormes orejas y ojos color canela.

Fue brincando al compás del brinco de su corazón, (con tanta alegría que iba como flotando sobre el suelo), hasta llegar a los brazos del canguro Agustín. Quien al verla entrar con el bebé a casa, se le grabó en su corazón, como la imagen más tierna que jamás haya visto en su vida.

Así es como mi mamá y mi papá canguro se convirtieron en mis padres. Mi vida era color de rosa. Me llevaban a todos lados en su bolsa. A la guardería, al parque. A muchos sitios que yo no conocería si no fuera por ellos, porque brincan alto, corren kilómetros y yo por lo contrario soy muy perezosa. Pero yo como buena hija, y como mis padres no sabían trepar a los árboles. Subía yo solita y le regalaba a mi madre ramos de hojas de eucalipto. A ella le encantaban y aromatizaba toda la casa, cuando no nos curaba una gripe con los vapores que nos hacia respirar, que no nos gustaba nada.

Papá hasta me hizo construir una casita, para que pudiera jugaren el árbol de eucalipto, contrató a uno mono arquitecto, pero era tremendo y mi padre se enfadaba con sus monerías. ¡Era todo perfecto! Hasta las peleas de mi padre con el mono arquitecto. Tan perfecto, que mi mamá quedó embarazada.

Ellos dicen que les he regalado tanto amor, que por eso nacieron mis dos hermanitos canguros. Paco y Tomás. Son un poco trastos y se pasan todo el día saltándome alrededor, pero cuando me canso de ellos, me subo a la casita del árbol de eucalipto y miro a mi familia y pienso: ¡Que no la cambiaría por nada del mundo! Excepto cuando mamá me lleva a la escuela y aún sigue creyendo que soy una beba.

Y colorín colorado este cuento de Koalas y canguros ha acabado.

Florencia Moragas – Washington, USA 2006 (by Dixie Press)

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