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Las princesas Celeste y Seferina

En tierras muy lejanas, de pequeños pueblos amurallados en el bosque. De castillos y dragones nacían dos princesas. Eran las primogénitas del Rey de Casimiro. El rey estaba feliz, desde que las niñas nacieron,  no le importaba más nada. Ni siquiera el trono, nada era tan importante  como esas dos bellas niñas. SU TERNURA, lo curaban de todo tipo de recuerdos dolorosos de guerras y cruzadas. ¡Eran sus dos inocentes hijas en un mundo de bárbaros!.

La reina sorprendida por ese amor de padre y celosa de pasar a segundo plano, decide alejar a las niñas del rey. Consideraba muy importante centrarse en sus labores de reyes y delegar la educación de las niñas. Para la reina era muy importante sostener el reino, cuidar de las familias que dependían de sus decisiones. Trabajaba para mantener la paz y forjar un futuro próspero.

El rey y la reina comenzaron a distanciarse más y más, su forma de pensar había cambiado, su forma de vivir. El rey aspiraba a tener una familia, quería jugar con sus hijas y olvidarse de tantos problemas. Para el rey la reina era una déspota que poco le importaba su familia y para la reina el rey era un y egoísta, que escondía su  holgazanería bajo la inocente imagen paternal.

Entre tantos pensamientos cruzados, acuerdos y desacuerdos, falta de comunicación entre ellos, frente a la educación de sus hijas. El pueblo comienza a sufrir las consecuencias de sus errores y no tardan en culpar a las niñas (de ser brujas para quemar en la hoguera), porque desde que ellas nacieron el reino se disgrega. En tanto desorden, caos, gritos, ordenes y contraordenes, aparece un mago llamado Leroy, hermano de Merlín. Este mago sería quien asesoraría al rey y a la reina.

Oye a uno, al otro y ambos llevaban razón en cierta manera. El mago medita durante 35 días en el bosque y vuelve con una solución:

Ya que los reyes tenían dos niñas, que cada uno viva en alas opuestas del palacio con una sola niña,  dividiéndose el pueblo en norte y sur.

La reina al norte con su hija Celeste y el rey al sur con su hija Serafina. El reinado del Rey era puro despilfarro. Él rey se ocupaba de jugar con Serafina y que las decisiones y responsabilidades las asumieran otros. Que el pueblo estuviera contento era su lema. La reina era estricta y su pueblo era austero, igual que su reinado. Ambos reinos sobrevivían,  porque  entre los reyes existía un código de armonía y respeto.  Equivocados o no,  mantenían un equilibrio, pero al envejecer los reyes y morir. Fueron sus hijas sus sucesoras.

Celeste y Serafina eran muy diferentes, físicamente idénticas. Pero su educación había sido tan opuesta que las convertía en distintas hasta en apariencia. Serafina seguía la forma de gobernar de su padre, mientras Celeste la de su madre. El pueblo de Serafina se multiplicaba, construían enormes casas de madera, invadía más el bosque y necesitaba más tierra de cultivo y más madera para construir casas para las nuevas familias. El pueblo de Serafina era feliz en tanta opulencia, despilfarro y descontrol. El pueblo de Celeste trabajaba y crecía en armonía, de forma austera. El pueblo de Serafina cada vez tiene más población, más familias con sus casas de madera y en ese crecimiento tan vertiginoso comienza a necesitar más mano de obra. Comenzó ofreciendo trabajo a los habitantes del pueblo de Celeste, les ofrecía mejor bienestar. Les daba su casa de madera y su tierra de cultivo, para consumir y vender lo que cultivaban.

Al cabo de poco tiempo el pueblo de Serafina se empieza a convertir en una gran urbe, mientras el pueblo de Celeste trabaja duro, bajo  leyes y normas consensuadas y en armonía.

El pueblo de Serafina se queda sin madera. Comienzan a escasear las tierras de cultivo. Animales tampoco quedaban porque se los habían devorado en épocas de abundancia. El pueblo de Serafina pasaba penurias y Celeste fría e inmutable como su madre. El pueblo de Serafina se empieza a disgustar por esta reacción de la reina Celeste, en definitivas eran el mismo pueblo separados en Norte y Sur. El sur estaba pasando hambre y el Norte miraba para otro lado.

El pueblo de Serafina se sublevó a favor de su reina y saquearon al pueblo de Celeste. Se llevaron madera, alimentos de la huerta y animales para sobrevivir por una década. El pueblo de Celeste no tomó represalias. Tenían suficiente tierra para cultivar y el bosque era un lugar sagrado para su reino, por lo tanto intocable. La madera para ellos no era fundamental porque sus casas las construían en piedra y solo usaban restos de madera para  encender hogueras. Cuidaban mucho de lo que la naturaleza les ofrecía.

Lo único que dejó claro Celeste, es que esperaba que Serafina y su pueblo aprendieran la lección. El pueblo de Serafina se burló de la frialdad, arrogancia y poca solidaridad de Celeste. La consideraron una exagerada y  alarmista. Una reina y un pueblo aburrido.

Al cabo de 10 años el pueblo de Serafina vuelve a caer en el mismo estado de caos. Agravado a causa de la erosión de sus tierras de cultivo y el cambio de su microclima.  ¡En tanto derroche la naturaleza se agota!

El reino de Celeste continuaba siendo un lugar con una estricta armonía y cada vez que podía, ayudaba al reino de Serafina a salir del caos.

¡Pero llegaría un día que ya no podría!……E inevitablemente el pueblo de Serafina llevaría al de Celeste a la ruina. A menos que Celeste le pusiera un freno a su hermana y eso significaba una disputa de poder.

Para Celeste, primero estaba el bienestar de su pueblo, de su entorno, de su persona. Ella amaba a su hermana pero   no justificaba su conducta. Serafina siempre le cuestionaba a su hermana su forma de ser tan fría y despótica, tan parecida a la de su madre. Serafina nunca aprendía de las lecciones, porque siempre estaba enfadada con su hermana y consigo misma para llevar la contraria. Era tan grande su enfado que no podía ver más allá de sus narices y vivir en armonía consigo misma y su entorno.

Ante este dilema, regresa el mago Leroy, esta vez acompañado de su hermano Merlín. Llevan a las hermanas en una zona neutral del reino para decirles lo siguiente:

Si Serafina pudiera vencer su enojo y aprender de su hermana sobre organización, tal vez le enseñaría a Celeste a distenderse y divertirse, Celeste  aprendería de la filosofía de su hermana y se sentiría más respaldada.Ninguna de las dos eran buenas o malas. Solo distintas. Podrían ser un  solo reino si unieran sus ideologías en lugar de defenderlas tanto. Si lograran conciliar, si pudieran dialogar como sus padres deberían haber hecho hace tanto tiempo atrás…

Las hermanas se dieron cuenta de que la unión era una solución para ellas, el equilibrio. La unidad en su vínculo de hermanas y para con el pueblo. En lugar de dividir el reino en norte y sur, aprenderían una de otras. Celeste se encargaría de las leyes, economía y el cuidado del medioambiente y Serafina de educar a su pueblo en la austeridad, el trabajo y la cooperación. Celeste y Serafina decidieron gobernar en equipo,  apoyarse la una a la otra y dotar de armonía a su reinado y pueblo.

Leroy estaba contento de haber subsanado su error, asumiendo que se había equivocado aconsejando a sus padres y encontrando una solución rápida, pero nada efectiva. ¡El también había aprendido la lección!

Florencia Moragas – Washington, USA 2006 (by Dixie Press)

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