luna
 

Las Tres Mellizas y el barba azul

Un día que las Tres Mellizas estaban de cara a la pared, castigadas por haber regado el pasillo con aceite para que todos resbalaran, se les apareció la Bruja Aburrida.

La Bruja, al verlas así, se burló de las tres niñas. Ana, enfadada, le dijo que era más fea que un suspenso en junio; Teresa añadió que parecía una bruja de chiste; y Elena dijo que no creía que supiera hacer encantamientos. Ante lo cual, la Bruja Aburrida, sacudiendo un manojo de hierbas, empezó a canturrear:

“Sois tres niñas igualitarias,

Mellizas y traviesitas.

Castigadas os enviaré

Al cuento de no volveré”

Las Tres Mellizas aplaudieron con gran entusiasmo, pero poco les duró la risa: una nube de color lila bajó del techo y se las llevó lejos… muy lejos…

“Mirad”, gritó Elena, “allí arriba hay un castillo”. Era cierto; a lo lejos se veía la silueta de una fortaleza de la que, por un caminito cercano, venían dos hombres y una mujer. “Buenos días”, les dijo educadamente Teresa, “¿podrían decirnos dónde estamos?” “¿No sabéis quién vive allí arriba?”, respondió el mayor de los dos caminantes. “¡Un hombre malo… muy malo! Le llaman Barba Azul.

“¡Atizaaa…! ¡La Bruja Aburrida nos ha enviado al cuento de Barba Azul, aquel malvado personaje que encerraba a sus esposas en oscuras y húmedas mazmorras… Yupiii!”, dijo Ana.

El castillo era impresionante. La puerta estaba entornada y las Tres Mellizas la acabaron de abrir.

“Oh, oh, oh… qué bonito, es enorme…”, cuando, de pronto, oyeron ruido de pasos y se escondieron detrás de una cortina.

Era un hombre alto y corpulento, con una espesa barba azul que le tapaba media cara. Arrastraba a una chica joven con cara de susto. Al llegar al vestíbulo, le dijo: “Aquí tienes las llaves del castillo. Pueden entrar en todas las habitaciones menos en el sótano. ¡Ésa te la prohíbo…! Y ahora, ¡dame un beso!”.

Cuando Barbar Azul hubo desaparecido. Ana, Teresa y Elena salieron de detrás de la cortina, diciendo; “¡Hola!”. La pobre chica se quedó boquiabierta; nunca había visto tres niñas tan igualitas. Y fue Elena quien explicó que habían oído hablar del gran Barba Azul y esperaban ser acogidas… La chica, mirándolas como quien ve visiones, les dijo “Me parece que vivís en la luna, guapas; Barba Azul no soporta a los niños y si os ve aquí hará albóndigas con vosotras”.

“Pero ahora no está”, dijo Teresa, “y nos gustaría mucho ver el castillo por dentro. ¡Por favor… queremos verlo!” Tanto insistieron, que la chica acabó accediendo: “Bueno, os lo enseñaré, pero después os iréis en seguida”.

Donde más se divirtieron fue en la cocina y en el gran salón de armas. Cuando volvieron al vestíbulo, la chica les dijo: “Ya habéis visitados el castillo, Ahora marchaos”. “¡Oh, no!”, protestó Ana, “falta el sótano…”

La esposa de Barba Azul intentó despistar, pero tan pesadas se pusieron a las Tres Mellizas, y tanta curiosidad tenía ella misma de ver qué escondía la puerta prohibida, que acabó accediendo. Ya estaban frente a la puerta. La chica fue probando una a una todas las llaves hasta que la penúltima abrió la cerradura. Empujó la puerta, y… ¡Oh… allí estaba Barba Azul en persona! Disfrazado de brujo, vertía en una gran olla todos los ingredientes de una poción mágica.

“¡Ahhh!”, gritó la chica al verlo.

“¡Ahhh!”, gritó su marido al sentirse descubierto, “Me has desobedecido, traidora, mala esposa. Ahora verás lo que le pasa al que descubre mi secreto”.

La situación se complicaba. Las Tres Mellizas, que del susto se habían olvidado que estaban en un cuento y que no era aquello lo que tenía que pasar, decidieron ayudar a la chica. Para lo cual empezaron por hacerle una zancadilla a Barba Azul. “¡Corramos, corramos!, gritaba Teresa.

En un rincón descubrieron una puertecita. ¡Uff! ¡Qué mala suerte!, detrás había un enorme foso lleno de agua oscura y maloliente. “¡Cuidado, apártate; está lleno de cocodrilos!”, avisó la joven esposa. Las Tres Mellizas se miraron: o encontraban la solución o Barba Azul las atraparía.

“¡No hay tiempo para pensar; yo salto!”, gritó Teresa. Sus hermanas y la chica la siguieron al agua. Barba Azul ya se había levantado y se aproximaba…, seis o siete cocodrilos nadaban hacia ellas…, cuando… “He, he, he… ¿os estáis divirtiendo, traviesas hermanitas?”

La Bruja Aburrida se estaba burlando de las pobres niñas. “¡Eh, bruja antipática, sálvanos!”, gritó Ana. “¡Ni hablar, guapa! Ya dije que os enviaba al cuento de no volverás. Dentro de poco os comerán los cocodrilos.

“Es imposible; si esto es un cuento, los cocodrilos no son de verdad”, chilló Teresa. “¿Qué no son de verdad?”, dijo La Bruja riendo, “espera que te claven los dientes y verás. Adiós, guapas”. Los cocodrilos estaban ya junto a las niñas y Barba Azul parecía muy divertido, cuando de pronto Elena gritó: “Si estamos en un cuento… ¡todo es posible!”. Y acto seguido sacó del bolsillo una goma de borrar y en  un periquete hizo desaparecer a un cocodrilo. Ana cogió su rotulador y dibujó una cuerda que subía hasta la parte más alta del muro, y Teresa se entretuvo en ponerles bozales a los cocodrilos. ¡Se habían salvado y Barba Azul había quedado con su palmo de narices! ¡¡Hala, hala y hala!!

Y aquí se acaba esta historia. La Bruja Aburrida tuvo que reconocer que las Tres Mellizas habían ganado la partida y no tuvo más remedio que conducirlas de nuevo a casa, pero… ¡eso si!, las amenazó con volver a enviarlas a otro cuento si hacían más diabluras. Ante lo cual las Tres Mellizas empezaron a pensar en alguna travesura realmente esplendorosa que les garantiza el volver a vivir una aventura tan apasionante como esta.

Roser Capdevila – España 2001

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